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El primer paso en la tarea de la recuperación de la ciudad para el hombre supongo que debe ser definir “la ciudad” (el tema no es baladí).
La R.A.E. nos dice:
“Ciudad:
(Del lat. civĭtas, -ātis).
1. f. Conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas.
2. f. Lo urbano, en oposición a lo rural.
3. f. Ayuntamiento o cabildo de cualquier ciudad.
4. f. Título de algunas poblaciones que gozaban de mayores preeminencias que las villas.
5. f. Diputados o procuradores en Cortes, que representaban una ciudad en lo antiguo.”
Realmente pobre.
Esta definición está basada en las teorías “históricas” que analizaban la ciudad y por tanto, teorías rebasadas ya que la ciudad actual no es la ciudad de hace 50 años.
Hagamos un repaso rápido.
En la cabeza de la gente la idea de “ciudad” se representa como lo contrario a “campo”: blanco/negro, alto/bajo, urbano/rural. Si bien esto podía ser aplicable en épocas anteriores a la Revolución Industrial, tras ella es claramente insuficiente. El desarrollo de los medios de transporte y, sobre todo, de los medios de comunicación ha permitido la flexibilización en la localización de actividades y comportamientos humanos.
Tradicionalmente, los estudios sobre el hecho urbano se han centrado en el tamaño, forma y densidad del asentamiento, así como en el índice de actividad no agrícola y en los modos de vida.
Nótese que estamos hablando de conceptualizaciones del siglo XIX y principios del XX, y que siguen siendo utilizadas a diario, hoy en 2009, en los despachos de planeamiento españoles.
Si bien todos estos estudios son fundamentales para el entendimiento de la ciudad actual, es necesaria una nueva reformulación de la “ciudad” adaptada a cada caso en espacio y tiempo sin perder la perspectiva global.
Leyendo el cuerpo teórico de los estudios urbanos podemos entresacar una serie de ideas que nos ayudan a perfilar el tema (nótese que muchos de estos conceptos son escasos para explicar hechos urbanos diferentes de las ciudades occidentales):
1 La velocidad: el ritmo de vida urbano es más rápido. Consecuencia: mayor estrés, menor capacidad de reacción del individuo y por ello más frustración, originando el perfil tipo de individuo urbano, “el hombre-hastiado” como diría George Simmel.
2 Alienación del individuo: paradójicamente, la ciudad (el lugar más cosmopolita y con mayores posibilidades de intercambio cultural) atrofia la personalidad y genera soledad, aislamiento social. Las relaciones sociales mayoritarias tienden a ser superficiales e impersonales.
3 Paso de las relaciones de comunidad (fuertes vínculos familiares tomando como referencia la familia extensa) a las relaciones de asociación (predominio de la familia nuclear, cesión del individuo a la asociación) con el consecuente efecto de control de masas.
4 Fortalecimiento de los procesos competitivos y debilitamiento de los lazos de solidaridad.
5 Endurecimiento de los sistemas de control del orden como respuesta al desorden social, y cesión de parte de las libertades del individuo al estado en base al miedo, inseguridad ciudadana.
6 La ciudad como lugar de intercambio de todo tipo: económico, cultural, social. Es el lugar de mayor densidad de comunicación (a todos los niveles) y de máxima innovación.
7 La ciudad como centro de decisión y localización del grueso de las funciones administrativas y jurídicas.
Todos estos estudios e ideas representan una rica base para el entendimiento de la ciudad, pero no podemos restringirnos a ellos. Con simple observación podemos apreciar que existen casos en donde los conceptos “clásicos” de tamaño, densidad, actividad, etc. (en resumidas cuentas la dicotomía urbano/rural) no se cumplen. La ciudad pierde tanto su límite claro (las murallas o los anillos que las sustituyeron) y su borde nítido, como su límite administrativo. Aparecen fenómenos diferentes denominados de diferentes formas dependiendo del autor que los analiza (la urbanización discontinua, las áreas urbanizadas, la ciudad-región, la ciudad difusa, las áreas suburbanas y/o periurbanas, las áreas metropolitanas, etc.) en un intento de explicar estos nuevos procesos.
Desde mi punto de vista, la realidad está clara.
Creo que es un hecho probado que las llamadas “áreas metropolitanas” incluyen ámbitos que clásicamente se denominaban “rurales”.
De la misma manera que se ha superado la dicotomía materia/energía, se ha demostrado inoperativa la que dividía entre rural y urbano.
Los procesos son otros.
El sistema de organización espacio-temporal humano es un organismo vivo, y por tanto en evolución y cambio. La “urbanización” es, a la vez, origen y resultado.
El planeamiento y la ordenación del territorio deben avanzar en un doble camino de manera integrada: por una parte estudiar y buscar soluciones (siempre siempre buscar la aplicación práctica y la resolución de problemas) para el sistema de poblamiento humano; y por otra, adaptar estudios y soluciones a cada sistema de hábitats en concreto (georeferencia, escala, característica cultural específica, etc.). Debemos sumergirnos en las redes de complejidad y jerarquía que interrelacionan estas dos vertientes en pos de solucionar los problemas que ahora nos ponen, a todos, en peligro.
(“Así pues, las ciudades del futuro se encuentran lejos del cristal y del acero con que las imaginaban anteriores generaciones de urbanistas: la realidad nos presenta un panorama de ladrillo sin cocer, paja, plástico reutilizado, bloques de cemento y tablones de madera. En lugar de ciudades de luz elevándose hacia el cielo, la mayor parte del mundo urbanizado del siglo XXI se mueve en la miseria, rodeado de contaminación, deshechos y podredumbre. De hecho, los mil millones de habitantes que ocupan las áreas hiperdegradadas, podrían mirar con envidia las ruinas de las sólidas viviendas de barro de Çatal Hüyük levantadas en Anatolia en el alba de la vida urbana hace nueve mil años” Planeta de ciudades miseria, de Mike Davis).
La ciudad es nuestra mayor obra: es el resultado de nuestra cultura y asimismo, generadora del nuevo paso de la misma.
Es nuestra esperanza.
En nosotros todos, profesionales que dedicamos nuestra vida a ella y ciudadanos que la habitan, recae la responsabilidad de su futuro, que es el nuestro.